Se me tensa la mandíbula.
Inconscientemente aprieto las muelas hasta que se me parte la cabeza.
Las horas que paso despierta se convierten en un sin fin de pensamientos inútiles, aplastantes.
Me siento encerrada, pero desde hace rato.
Desde los omóplatos hasta la cervical, siento una roca fría, pesada, que apenas puede sostener la cabeza. Me preocupo, somatizo, pienso en cómo salir. Pensar me duele. Me callo, pero me miento.
Vuelvo a sentirme encerrada.
El estómago se convierte en una olla a presión, un caldero con un mejunje maligno que no para de borbotear y hacer ruidos rarísimos.
El estómago se convierte en una olla a presión, un caldero con un mejunje maligno que no para de borbotear y hacer ruidos rarísimos.
La concatenación de pensamientos. Uno tras otro. Todas las cosas que podrían llegar a salir mal, cuál sería mi salida. Pienso, analizo. Actúo como el orto, porque no actúo. Me culpo. Me quedo quieta, encerrada, buscando la llave a la que le dí dos vueltas.