La distancia es tan grande que no sirve mirar



Hace dos años tuve un sueño lúcido increíblemente real.
Estábamos en mi habitación formando una ronda de la cual participaban: Luis Alberto Spinetta, mi hermano, un amigo y yo. No me acuerdo muy bien si hablamos de su muerte, él ya no estaba en el mundo material y todos en esa habitación lo sabíamos, Luis mejor que nadie.
La sensación que recuerdo es que todos estábamos enamorados de su presencia, y de manera natural y fluída se prestó para responder nuestras preguntas. Estoy segura que habló de los principos básicos de la vida, que nos trató de enseñar su visión del mundo y que con mucho humor nos dejó la boca abierta.
El flaco estaba ahí, diciéndonos la posta.
 Era obvio que la música también debía participar, y nos invitó a una zapada. Me acuerdo como si fuese hoy, a mí me dió un bajo para tocar. Lo miré y le dije: "Yo apenas toco la guitarra, de bajo ni idea, y menos frente a vos". A lo que él me respondió: "¿De qué te preocupás? si esto es un sueño, agarralo y tocá, va a sonar"


Cuando me desperté, al otro día, estaba convencida de que todos los allí presentes habíamos soñado lo mismo. No fué así. Pero el eco duró por días.
Algunos meses después, durante esos días en los que por alguna razón El Flaco vuelve todo el tiempo, traté de recordar qué me dijo, y me salió esto:




                                                   
Ensoñando a Luis:



Aguas claras iluminan el verde de tu bosque todo
y tu voz-viento sopla en mi oído, descifrando el mensaje
que encripta el mandala:

"En el frondoso corazón de este verde silencioso
desnuda yace la humanidad absorta."

-Aguila dorada, no abras vuelo todavía,
cruzaré el umbral cada noche a tu encuentro
y me fundiré allí, empapada en lágrimas diamantes.
Y cantará la luz transparente en la alborada.
     

Agua por todos lados.



  Hay algo en este cuento que lo hace repugnante y magnético.
  Paradójica sensación que devuelven los espejos.






                                                                     
                                       El Río
    
   
 Por Julio Cortázar




Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
    Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

                               

Tengo un blog

y digo lo que quiero









-Pienso que quizás, el único favor que podría hacerle la raza humana al universo, es dejar de REPRODUCIRSE.





PD: Si creés que esto es Misantropía, te podés ir a la mierda.

Tengo un culo, dos tetas, una concha y el miedo de tenerlas



Acá estoy yo diciéndote:
ésta es la suerte de ser mujer.
Cargo con golpes y escupitajos
 y soy inferior ante un renacuajo.

Soy puta y asesina
mi cuerpo no es mío, él no dictamina.
"limpiá la cocina, la mierda en los baños"
-¿este temita, no viene de años?

Pero esa mentira, tan vieja, opresiva
entierra consigo una verdad viva:
LLevo en mi cuerpo el poder de la luna
soy Afrodita, Venus y ninguna

Puedo parir formas y colores
y si querés, de mil amores
venía a saber lo que se siente
y apretando bien los dientes
volveme a hablar de "tus temores".

Esto es de antaño y lo ve el que lo quiere
que no te sorprenda la fuerza que tiene
una mujer que se empodera:
Puede mover con la mente si quiere
sueños y mares,
 motañas enteras.

No sería una poesía


las nenas siempre tienen miedo.
ya no te veo mientras te lavas los dientes
y no te veo porque es imposible VER si hace frío, si me traje una campera o vos me diste la tuya.
 sí. vos me diste la tuya.
pero no te encuentro en el baño.
tal vez te olvidaste algo en otro lado, alguien no te devolvió la campera.
no teníamos perchero. Creo que tampoco baño. No te veo.
las nenas siempre tienen miedo. Soy una nena.
miedosa y friolenta
tengo puesta tu campera, y fuiste a buscar las llaves de casa.
sí ya sé, la noche se pone fea,  y la ciudad tiene olor a mierda.
a qué hora se tira la basura?

te extraño. Esto es la desprotección total.            

(Miércoles 04:46 am)